jueves, 7 de enero de 2010

DETRITO POST-NAVIDEÑO

Es nochebuena otro año más y cada vez lo llevo peor. El pasajero que desde hace tiempo alojo dentro de mi cuerpo se revela ante la perspectiva navideña, y el malestar se apodera de mí. Entonces un virus se desata en mi interior y la nausea me domina.

Me levanto tarde. El virus me ha impedido ir a trabajar estos dos últimos días. Me preparo el desayuno y pongo la tv, las noticias: empresarios, bancarrotas, nóminas impagadas, y aquí no pasa nada. Poco después informan de que, por intento de robo, un pobre diablo se enfrenta a una pena de 4 años de cárcel. El botín: 20 euros.

El pasajero se revuelve, y me sobreviene la arcada.

Apago la tele. He de ir a comprar algo de comida.

Salgo a la calle cargado de basura que reparto adecuadamente en su respectivo contenedor. Cumplo mi parte y no puedo más que dudar si ellos cumplirán la suya (me refiero al adecuado tratamiento de estos residuos). ¿Y las fábricas?

Sigo mi camino y escucho que alguien tararea: '¿Qué será, será?' ...Es el pasajero. La verdad es que lo pasamos bien juntos...

La puerta del supermercado está flanqueada por mendigos: el del acordeón que trata de ablandar corazones con un villancico, el habitual africano que vende 'la farola', el que a cambio de una propina te ayuda a llevar las bolsas... Paso entre ellos sin establecer contacto visual, y me acuerdo del empresario, y de todos esos grandes magnates que acumulan riquezas, desequilibrando la balanza. Entonces el pasajero, que ve oportunidad de meter baza, susurra: 'Estamos inmersos en un sistema capitalista que se mantiene gracias a ese desequilibrio, que no se da sólo entre las personas, sino también entre los países'. 'Pero tú tranquilo', dice, 'estás en el lado bueno...'.

Para cuando deja de hablar, la entrada ha quedado atrás, y me muevo en los intestinos de la bestia. Desde lo alto, suenan rancios villancicos, como intentando que nadie olvide las fechas estamos, que nadie olvide que es época de gastar a ritmo de canción popular.

Miro a mi alrededor y sólo veo zombies. De repente, frente a mí, un espejo. Me contemplo y sin horrorizarme compruebo que soy uno de ellos, vagando sin sentido, aullando, con la mirada perdida y las manos llenas de lo que será la cena.

Las cajeras, como autómatas, efectúan mecánicos movimientos frente a una cinta que transporta carne, pan, vino, dulces... Otra cinta transportadora me lleva al piso de abajo. No puedo evitar la sensación de ser manipulado como uno de esos pollos congelados que hoy acabarán llenando estómagos satisfechos. El pasajero suelta una carcajada y percibo su mueca distorsionada que me incomoda.

Me lanzo a por lo que he venido a comprar, lo cojo y corro hacia la caja más próxima. En mi huida esquivo a una niña que conduce un pequeño carrito. Su gesto no deja lugar a dudas, es la dueña de esa autopista, y su derroche de frescura, en medio de este cementerio, me obliga a hacerle una reverencia.
Miro hacia adentro y el pasajero sonríe. Aún conserva algo de humanidad. Puede incluso que sea más humano que yo mismo...

Ya estoy frente a la cajera. Deposito mi compra en la cinta y se inicia el automatismo. Fría, ejecuta su tarea y, con un tono lineal, me indica lo que he de pagar. Mientras busco en mi cartera observo que la puerta de salida también esta custodiada por un mendigo. Esta vez se trata de un borracho que se tambalea levemente. Su boca esboza una leve sonrisa. Tal vez el alcohol le dé esa felicidad que todos buscamos. Tal vez el no tener horarios que cumplir ni jefes que aguantar ayude. Tal vez le compense... En el fondo admiro su valor.

La cajera me devuelve el cambio que me apresuro a guardar. No en vano es el dinero a cambio del cual hipoteco mi libertad a diario. Cojo la bolsa y salgo. El pasajero escupe: 'Recuerda, no establecer contacto visual'. Luego sonríe burlón.

Ante la sorpresa de ambos, no hay rastro del borracho. Cruzo la puerta y lo veo en una esquina, de espaldas, buscando, supongo, un poco de intimidad para abrazar su vicio. Creo que lo que alza es una lata de cerveza de medio litro, y está dando buena cuenta de ella. Supongo que si lo hiciera frente a la puerta el personal del supermercado no le dejaría estar allí. No sería bueno para el negocio. De ese modo puede mezclar trabajo y placer. Es posible que así logre el valor suficiente para mendigar. Es posible.

Doblo la esquina y cruzo el semáforo en rojo. La carretera está desierta. Atravieso el parque y a pocos metros llego a mi calle. Por fin alcanzo mi bloque. Entro en mi portal y llamo al ascensor. Mientras espero me doy cuenta de que estoy sudando. Tal vez no hacía tanto frío como yo creía. Puede que haya corrido demasiado...

Hay demasiadas cosas que no me gustan de este mundo, del género humano, de mi mismo. Pero un año más las luces se encienden para iluminar la gran mentira. Y el pasajero sentencia: 'Que así sea'.

4 comentarios:

Alberto dijo...

Me ha gustado mucho el post. Te imaginaba según ibas describiendo tu historia.
Creo que ese pasajero son todos tus sentimientos,
Creo que significa que estás muy vivo y más cuando muestras que estas disconforme con las cosas.
Se pueden tomar varias opciones, a veces hay que amoldarse a lo que hay, otras veces se puede hacer algo por cambiar lo que no te gusta, aunque sea insignificante quizá sirva para sentirte mejor.

Que tengais un buen año los 3 (María, el pasajero y tú)!

j mariano velázquez dijo...

Por qué tenemos la desgraciada suerte de ser diferentes?
Chuchi, yo desde hace muchos años siento como que "me duele" la navidad.Sufro auténticas peleas entre el viajero y yo.Los dos salimos malparados.
Me consuela ver que cada vez somos más los que despreciamos estas fechas engordadas del habitual cinismo de nuestros días.
Me inquiero, a veces,¿eres un "pacontras",un "renegao"?.Concluyo en que no, sobretodo cuando sé lo que sois vosotros.Y prefiero apuntarme a la otra teoría.
Para bien o para mal, surge el estigma de siempre:sensibles ante la injusticia, ante la hipocresía, la indignación que estas nos producen 365 días al año, se multiplica en estas fechas.
Más, cuando se ven amparadas por argumentos como "...la alegría de estos días,...ven a mi casa esta navidad,...noche de paz y peces hartitos de beber agua por ver a dios nacer,...
Sí, es comprensible que para quien tiene la percepción diaria de los problemas, nos moleste que en "estos días" se pinte todo de purpurina...rosa.
Pero pienso que debieramos sacudirnos de estos complejos.No cabe duda de que nuestra cultura, nuestra educación religiosa pesan mucho.Pero tampoco nos empeñamos lo suficiente en desligarlo de nosotros, de nuestras sensibilidades a estas alturas de nuestras vidas.
Tenemos claro que hay que ser feliz no solo en navidad, reir, bailar y tocar la zambomba no solo en navidad.Darse, no solo en navidad.Pues empeñemosno en ello y vivamos esos días de forma mas natural.Y, a ser posible, hagamos de ellas un periodo vacacional en tierras mas cálidas.Las próximas navidades nos vamos todos al Caribe a tostarnos con nuestros respectivos "pasajeros".

Oscar dijo...

AUSENTE

¡Ausente! la mañana en que me vaya
más lejos de lo lejos, al Misterio,
como siguiendo inevitable raya,
tus pies resbalarán al cementerio.

¡Ausente! La mañana en que a la playa
del mar de sombra y del callado imperio,
como un pájaro lúgubre me vaya,
será el blanco panteón tu cautiverio.

Se habrá hecho de noche en tus miradas;
y sufrirás, y tomarás entonces
penitentes blancuras laceradas.

¡Ausente! Y en tus propios sufrimientos
ha de cruzar entre un llorar de bronces
una jauría de remordimientos.

César Vallejo

Fluido DK dijo...

Agradezco vuestras ofrendas a Abraxas en forma de comentarios y poemas.

Y os deseo suerte en esa eterna búsqueda de la felicidad que tira de nosotros hacia terrenos sin explorar.